Cultura de la innovación (4): pensar creativamente
Desde bien pequeños estamos sometidos a unas pautas de socialización y aprendizaje determinadas. Familia, escuela y sociedad nos van adaptando a aquello que está establecido, aquello que es producto de la experiencia general previa o de unas circunstancias determinadas, que seguramente se dieron en el pasado.
Esta realidad hace que, la mayoría de veces, encaremos la percepción de lo que nos rodea en función de estas pautas y esquemas adquiridos. Obviamente, esto no es malo por si mismo, y es muy útil en la mayoría de las situaciones, para no tener que empezar de cero y preguntarse en cada situación que nos encontremos qué debemos hacer y cómo.
Pero si este es el único esquema de pensamiento que utilizamos, nos estamos limitando las posibilidades, puesto que normalmente tenemos interiorizado que para cada situación determinada sólo hay un modelo de salida o actuación, que es la que nos han enseñado y ha conformado nuestro universo mental. Esta es una de las razones de por qué los cambios culturales en la sociedad cuesten tanto esfuerzo y tiempo en cuajar.
Esta forma de pensar, que todos tenemos, inconscientemente, más o menos arraigada, limita nuestra capacidad de creación e innovación. Si a esto añadimos que nuestra sociedad nos educa con una orientación de pensamiento crítico, es decir orientado más a rebatir, a criticar, a encontrar los fallos de aquello que alguien ha propuesto, al debate por el debate, y no a la creatividad y a proponer cosas nuevas, ya tenemos una combinación perfecta para que la innovación y la creatividad sea cuestión de una minoría de "outsiders”.
